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El ‘Shōgi’: auténtica estrategia japonesa

El ‘Shōgi’ es, sin lugar a dudas, uno de los juegos de tablero más interesantes, populares y estratégicos de Japón y de la cultura popular. Su despliegue ha servido incontables veces como inspiración a señores de la guerra y emperadores. A día de hoy es un apasionante y curioso primo o hermano del archiconocido juego del ajedrez junto al ‘Shatranj’ árabe, el chino ‘Xiangqi’ y el coreano ‘Janggi’. Todos ellos, aparentemente, con un ancestro común conocido como ‘Chatarunga’. Originario de las lejanas tierras de la India allá por el siglo VII después de Cristo.

Alrededor de los siglos X y XII es cuando se estima su llegada a costas niponas (entre otras curiosas variantes) donde adoptó su nombre final de ‘Shōgi’, unión de “general” y “juegos de mesa”. Pudiendo ser entendido como “juego de generales”.

La principal diferencia de este juego con nuestro ajedrez, trata acerca de la posibilidad de utilizar las piezas capturadas a nuestro rival. Curiosamente existe un precedente histórico muy usual en la historia militar y asiática, pues los mercenarios capturados cerca del siglo XVI cambiaban fácilmente de lealtad para evitar una muerte segura por ejecución.

El Shōgi’ se juega en un tablero de 9 filas por 9 columnas (9×9) y el inventario de piezas disponibles inicialmente para cada contendiente consta de un rey, una torre, un alfil, dos generales dorados, dos plateados, sendos caballos, un par de lanceros y nueve peones. Todas las fichas tienen su nombre escrito encima y están acabadas en punta, señalando la dirección del rival, por lo que tampoco se precisa una distinción de colores para orientar al jugador. Las casillas del tablero no tienen distinción por colores a diferencia del ajedrez y las cuatro centrales son muy importantes. Las llamadas zonas de promoción.

La disposición de las piezas de las huestes va en orden de importancia y de izquierda a derecha: en la primera fila tenemos un lancero, un caballo, general de plata, general dorado, rey, general dorado, plateado, otro equino y otro lancero. En la segunda fila habrá un alfil delante del caballo de la izquierda y una torre ante el caballo de la derecha. La tercera y última fila estará ocupada por todos los peones.

Casi todas las piezas se mueven de la misma forma que sus homónimas del ajedrez, mientras que los generales dorados pueden hacer cualquier movimiento de un cuadro en todas las direcciones excepto en diagonal hacia atrás. A su vez, los de rango plateado se pueden mover en cualquier dirección siempre que sea hacia adelante o en horizontal (no pueden retroceder). Los lanceros tienen un movimiento similar a las torres pero no pueden parar hasta toparse con algo, con la notable excepción de no poder moverse lateralmente ni tampoco retroceder. También es destacable hacer saber que los peones sólo pueden capturar piezas hacia adelante, y no en diagonal como en nuestro ajedrez.

El movimiento de las piezas y su llegada a partes concretas del tablero marcan (con algunas excepciones) la promoción o degradación de estas y deben ser volteadas para indicarlo. Pudiendo cambiar los rangos y por tanto la capacidad de movilidad de los elementos del tablero. Pero esto es bastante más denso y lo dejaremos para futuros artículos que desgranen los pormenores más avanzados de este maravilloso juego. Como adelanto tenemos que, por ejemplo, las torres, pueden pasar a ser reyes dragón y aumentar su movilidad a una casilla diagonalmente para cualquier dirección o, los alfiles, que pueden convertirse en algo más o menos denominado “caballo espléndido” que le otorga la capacidad de moverse en una casilla, tanto vertical como horizontalmente. Sus normas son en esencia, similares al ajedrez, aunque es el la promoción y degradación de piezas, donde reside la “miga” que hace único (y más estratégico si cabe) al ‘shōgi’ respecto al resto.

Existen algunos detalles respecto a colocación, promoción, degradación y el jaque que le otorgan una personalidad que hace al juego tan único como todo lo que concierne a la cultura popular japonesa. Y merece ser probado por cualquiera al que le gusten los juegos de mesa. Quién sabe, quizá ha llegado el momento de dejar un tiempo, el blanco y negro lacado del ajedrez por la suave madera marrón del ‘Shōgi’. Creemos que no os arrepentiréis.