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Cómo es pasear por las calles de Japón

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Ahora que estamos recluidos por responsabilidad con los demás, queremos tratar de emplear la imaginación. Nada mejor para soñar, que pensar en un agradable paseo por nuestro país favorito, indagando en su carácter y particularidades que lo hacen único desde su primer ladrillo hasta el último rincón.

Todo es especial bajo el baño del Sol Naciente. Los que amamos al archipiélago japonés bien sabemos de su inconfundible ser, estar y parecer. Su singular tamaño, construcción sin descansillos, su ladrillo y la vorágine de cartelería y colorido, dejan una estampa inconfundible para el afortunado viajero.

Japón es el ejemplo perfecto de cuando algo es la suma de sus partes. Cada ciudad tiene sus pequeñas diferencias y características pero existe un hilo conductor, una ‘sui géneris’ común que empapa cada esquina y es visible si observamos con atención.

Si tuviéramos que escoger, nos quedaríamos con el particular tamaño. Incluso en grandes ciudades como Tokio, las calles son menudas. En muchas apenas cabe un coche como los conocemos hoy en día. Además, se identifican con número de cuadrantes o “manzanas” y el correspondiente al edificio de destino. Si lo hubiera. Similar a enclaves americanos –es habitual conocer esta nomenclatura por las películas: “taxista lléveme a Arlington Road con la Séptima” por poner un ejemplo.

La escasa existencia de veredas o descansillos es debido a su reducido tamaño, delimitando una escueta línea en los casi “costados” de las calles para que circulen los viandantes. Casi a ras de tienda. No obstante, no suele haber discusión: en Japón, el peatón siempre tiene la razón. ¡Menuda rima con cuádruple aliteración, y sin querer!

Mirar hacia arriba es atravesar el velo de nuevas fronteras. La tendencia en las calles niponas es claramente vertical y ascendente. Encontramos varios niveles comerciales y muchos espacios se usan para estacionamientos. En cada edificio hay un mundo hacia arriba. La cima está llena de sorpresas en ‘Japan’. Los ascensores y los carteles tomar las riendas para llevarnos a sus entrañas.

Es cierto que, como en toda gran urbe, no abunda el verde ni las zonas de parque o arbustivas. Aunque en cada emplazamiento podrás encontrar templos, huertas y zonas singulares en mayor o menor medida. Nuestros queridos “japos” siempre aprovechan los espacios.

Una de las cosas que más han dado que hablar en multitud de espacios son las máquinas expendedoras tan variadas –algunas verdaderamente locas- que han asomado al mundo desde Japón. Son conocidas como ‘jidohanbaiki’. En todas las calles hay alguna. De bebidas frías, calientes y de miles de servicios u objetos, son usadas en todo momento y reabastecidas con fervor. Algunas incluso van adaptadas para desastres naturales como los movimientos sísmicos.

 Un elemento recurrente en múltiples “venas” de cemento de las urbes niponas son los altavoces. Por ellos se transmiten mensajes para la ciudadanía con periodicidades distintas. Cuentan con música y suelen transmitir mensajes valiosos para la población.

El número de animales abandonados en Japón es casi cero. Sin embargo y como contraste positivo, casi de película; en poblaciones como Nara, los habitantes conviven con ciervos  -sagrados y respetados por aquellos lares- en casi todos los espacios.

La forma de las calles también es muy especial. No siguen una pauta radial, cuadricular ni nada similar a nuestro país. No guardan un orden aparente y muchas no tienen salida. De ahí la típica escena en material audiovisual de protagonista huyendo que entra en callejón sin salida, aún en su propio barrio. No es baladí.

Multitud de subidas y bajadas cierran los cimientos del frondoso y mágico laberinto que alberga la tierra del shōgun. La cultura milenaria bañada desde siempre por el sol más famoso del planeta. Sin duda, pasear por sus calles es tan especial como el resto de su existencia. Un mundo sin duda, singular e irrepetible. Especial en cada palmo. Dando como resultado el que para muchos es el mejor sitio del mundo.